Los paisajes desoladores de las emociones.

Somos concientes de que el proceso de recontrucción demorará tanto como esa sensación desoladora entre los habitantes de las golpeadas zonas de Huacarpay y Lucre. Hace unos días acompañamos a algunos integrantes del área de comunicación del COER, como parte del plan de atención emocional para los damnificados. No pudimos hacer mucho pero tenemos algunas cosas que informar.

En Huacarpay:

Desde la carretera ya se puede ver un conjunto desordenado de carpas. Se tiene registrado unas 250 familias (hace unas semanas el número era de 85). Se han formado brigadas para ver la distribución de donaciones, racionalización  del agua y preparación de alimentos. Mientras buscábamos algún responsable, veiamos como los adultos mayores bajaban con mucha dificultad por las trochas empedradas,  para  seguro, utilizar alguno de los pocos baños portátiles que funcionan en la zona.

“En este sector, la demora en el recojo de la basura y un insuficiente abastecimiento de agua agravan la salud de la población; se han presentado casos de EDAs y dermatitis en los niños por falta de higuiene”, sostiene Lidia Jordán, bióloga del Programa de Vigilancia de la Calidad del Agua. “Existe un cierta apatía entre la mayoría de los damnificados, por ejemplo, acá faltan más letrinas y tanques con agua segura, pero falta  organizarse mejor para peticionar estas demandas”, añade Jordán mientras unas risas infantiles interrumpen nuestra conversación.

Los pequeños del lugar forman dos grupos para jugar, unos lo hacen cerca de la antena eléctrica, y otros se divierten saltando dentro de costales. Los encargados de dos onegés son quienes monitorean estas travesuras. Hace dos semanas, Plan Internacional instaló las “Cusi wasis” (casas de la alegría), centros de apoyo emocional que buscan  disminuir las tensiones post-emergencia entre los infantes y protegerlos mientras sus padres están fuera. Y cierto era, a los adultos los encontramos distantes del lugar.

En Tongobamba:

Muchos de los campesinos damnificados se dedican ahora a la contrucción de 200 viviendas temporales en una pampa cercana a la Hacienda Tongobamba. Llegamos allá, mientras mujeres y varones se encontraban colocando calaminas. “Perdí todos mis cultivos de maiz y trigo. Mi casa está enterrada, no conservé nada por salvar mi vida. Nos han contratado por 90 días para levantar viviendas pre-fabricadas. Donde antes sembraba papas, ahora coloco mi  hogar provisional”. Juan Córdova Barrientos declara cansado, casí entrecortado, a sus 70 años es obrero por necesidad y no quiere sentirse inútil. “El INC se opone a esta construcción, por estar cerca de las ruinas de Choquepukllo. ¿Qué podemos hacer,  joven? este es nuestro sitio”, añade Córdova sin despegar la mirada en la viga que acababa de colocar.

En Lucre:

La calma asusta y el olor abruma. Al recorrer Lucre ahora, encuentras casas a punto de ceder, puentes hechos serpentina y un río que te susurra advertencias. Algunos caminones llevan desmonte mientras los pobladores descansan sobre lo que antes fueron veredas. La actividad comercial luce tan paralizada como la maquinaria pesada en plena plaza de armas. “Parece que falta combustible”, comenta contrariado el amigo Ennio, como para acrecentar la tensión en el ambiente. Los pocos niños que vimos, pasean silenciosamente acompañados por sus padres. Acá la gente se olvido de sonreir.  El desastre natural se lo llevó todo, incluso la alegría de un pueblo.

Fotos y Texto: César Alberto Venero Torres.

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